Cambiar de país, idioma y mentalidad no ha sido fácil.
El primer año dolió como todas las primeras veces. Aprendí con mucho sacrificio a hacerme camino, a vivir con un plan y a obsesionarme con la organización para alcanzar mis metas.
Hoy, muy a lo Game of Thrones, le juré lealtad a su majestad, la reina Elizabeth II, reina de Canadá, a sus herederos y sucesores.
Hoy recibí mi ciudadanía canadiense. Un pasaporte azul, que como dice mi mamá, es la llave del mundo. Una llave a la que muchos elegimos sacarle copia, para ofrecérsela a los que más queremos. Como hizo ella con mi hermano hace más de 40 años o como hice yo con mi chibolo, hace menos de 4.
Dicen que Canadá ya no es tierra de canadienses, que dejó de serlo hace mucho. Yo no estoy de acuerdo.
Los inmigrantes que llegamos para quedarnos, dejamos parte de nuestras raíces bien sembradas en casa. Pero solo para poder darle espacio a las nuevas, las de aquí, esas mismas que, como en mi caso, siguen creciendo después de 4 años, 6 meses y 11 días para sujetarme fuerte y que un día no me vaya volando, como otra hoja, al comenzar un nuevo invierno.







