
Como es de conocimiento público, yo no tuve luna de miel con este país.
Cuando me vine a vivir aquí, allá por los 2014's, lo único que me mantenía en pie era ese trato que tenía con febrero del 2015. Él llegaba y yo me iba.
En 4 meses meses volvería a lo seguro, a mi ruloso y a ese aire contaminado que al menos, no me lastimaba la piel. Yo no quería estar aquí.
Los años pasaron y poco a poco la hiel fue mutando en algo semi-dulce.
Después de un mega fail cubano, pude viajar de verdad, haciendo valer al máximo cada uno de mis chibilines canadienses.
Me acostumbré a que nadie me diga cosas que no quiero escuchar. En serio, el filtro canadiense debería estar impreso en su bandera. La gente tiene mucha cautela al momento de abrir la boca.
Me enamoré de esas “maravillas de primer mundo” que tan a menudo vemos desde nuestras teles sudamericanas... y que en efecto, están ahí, para el que quiera trabajar por ellas.
Hoy, varios años después, quemo las últimas horas de un viernes, buscando vuelos para asomar la nariz, por la que una vez fue casa.
Setecientos dólares que representaran: una ida, una vuelta, varias horas de escala y muy pocas probabilidades de que te pierdan la maleta.
Hoy no compré esos tickets de avión, sabiendo muy bien, que si se tratara de algún otro destino, no lo hubiera pensando dos veces.
Antes de que salgas corriendo a buscar los tomates, déjame decirte que no fue por atorrante.
Hoy más que nunca, temo haber perdido el instinto que me mantenía a flote en casa. Esa maña peruana, esa cautela permanente en la que solía vivir… comer, beber y hasta dormir. (Por el amor de Dios, me quedaba seca en el micro!!)
Pero qué pasa cuando retiras a un animal de su ambiente natural? Lo domesticas, le enseñas que no hay razón para saltar… y de pronto, cuando aprende a confiar, lo haces volver.
¿Crees que recordara? ¿Creen que recordaré?
En fin, esperemos que sí. Por mi seguridad y por ese ceviche de bonito que no me he comido en casi cinco años :(
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